Al oír o leer la palabra catedral en nuestro cerebro se despliegan y com-binan una serie de ideas que vienen asociadas con ella. Así ocurre con la idea de la luz, tal vez porque la imagen de catedral más inmediata es la de una construcción gótica en la que las altas vidrieras de colores tienen una presencia definitiva. Además, en la catedral barroca, el otro estereotipo de catedral, la luz aunque de modo muy distinto, también es protagonista.
El caso de Córdoba es muy particular. El Ministerio de Cultura acaba de terminar la restauración del crucero de la Catedral de Cór-doba y seguramente después de haber sanado unas potentes grietas que eran consecuencia de asientos muy antiguos y que fueron la razón por la que se acometieron estos trabajos lo más importante de la intervención ha sido la recuperación de la luz original del crucero. Esta obra se ha ejecutado en dos fases, en la primera terminada hace cuatro años, se restauró el presbiterio y fue financiada por el Cabildo, la segunda fase, asumida por el Instituto es la que culminó este año pasado Se han abierto 51 ventanales que a lo largo del tiempo se habían ido cegando con tabiquillos de panderete doblados. No fueron tabicados por motivos estructurales, como demuestra su escasa sección, sino para limitar la entrada del frío o tal vez por resolver roturas de vidrios y carpinterías situadas en lugares muy altos y de difícil acceso, solucionando el problema por medio de acciones rápidas, baratas y que exigen menor mantenimiento. Son ventanales de formas muy variadas: dos huecos rectangulares rematados en arco de medio punto de 5,40 de altura y 2,40 de ancho que son los más grandes, ventanas termales de dos metros de base, óvalos y círculos de varias dimensiones, y múltiples ventanales rectangulares de variadas dimensiones, cuatro de 3,50 metros de alto por 1,20 de ancho y catorce de 2,40 por 1,20 que son los más numerosos. Los cuatro ventanales de 3,50 de altura están bajo la bóveda del coro, tras los órganos y son de la mano de Hernán Ruiz “el Viejo”, los correspondientes a los brazos del crucero y al presbiterio, los hizo su hijo (“el Joven”) siguiendo composiciones derivadas de la “serliana” variaciones que por su personalidad podríamos llamar “hernandinas”– y los seis que están en el muro de los pies del coro, que se atribuyen al tercero de los Hernán Ruiz y muestran una influencia escurialense, completan el catálogo esperado de lo que llamamos arquitectura renacentista, incluso, con su renuncia a la ojiva, los del primer arquitecto de la saga.
La recuperación de la luz original no se ha conseguido sólo por la apertura de estos huecos. Ha sido muy importante también la obra de restauración de los paramentos interiores. La acumulación de polvo de siglos los había ennegrecido, ocultando el oro aplicado en los nervios y en las numerosas esculturas que los ornamentan. El sol entra ahora por todas las fachadas, incluida la de los pies del coro, al oeste, antes completamente ciega, rebota en las paredes encaladas resaltando los oros la arquitectura, y todo el espacio del crucero reverbera de luz. Es la luz “blanca” del renacimiento, la que prescindiendo de los colores con los que las vidrieras góticas querían celebrar la naturaleza, prefiere la limpieza del blanco. La luz blanca a la que se le atribuye también en la arquitectura, una mayor eficacia para representar la expresión evangélica: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”. La recuperación de la luz alta que desde el crucero se derrama sobre la catedral como si de un sol interior se tratara, ha sido la recuperación del entendimiento filosófico del mundo que construyó el renacimiento. Ha sido como recuperar un texto perdido.
En términos estrictamente arquitectónicos esta acción tiene aún más recorrido, afecta a todo el edificio, sus beneficios se extienden a todo el monumento. Se ha reforzado el contraste entre la intervención renacentista y la antigua mezquita. La mezquita como la dejó Almanzor tras la última ampliación se caracterizaba por su planta cuadrada, su extraordinaria extensión, su horizontalidad y una escasa iluminación natural que exigía la presencia de más de quinientas lámparas de aceite que derramarían un olor y una luz tenue, cálida y vibrátil, definiendo un espacio umbrío, miste rioso y sugerente de gran belleza.
Cuando se entra en cualquier mezquita del tipo al que pertenecía la de Córdoba, y se avanza hacia el mihrab, la luz, que entra por las arquerías continuas que se abren al patio, va perdiendo progresivamente intensidad. Se produce así un efecto de profundidad que sugiere distancia. El mihrab, como una representación de la Meca, la ciudad santa hacia la que se dirigen todos los rezos, se abstrae en esa distancia fingida. En el mihrab, un nicho excavado en el potente muro de la quibla, no hay objetos sagrados. Siempre hay una lámpara, con mucha frecuencia un tubo fluorescente, un reloj para recordadnos el imparable transcurrir del tiempo y algunos libros religiosos. En la mezquita aljama de Córdoba el mihrab excepcionalmente una pequeña habitación ricamente ornamentada estaba precedido por cuatro cúpulas dispuestas en forma de “T” y de sus techos colgaban cientos de lamparillas de aceite que extraían brillos dorados de los mosaicos bizantinos que decoraban paredes y cúpulas. Cuando construyeron este conjunto maravilloso y nuevo, los arquitectos tardo-romanos del califa Alaquén II recurrieron a esta solución porque los arcos del patio quedaban ya tan lejos que desde ellos apenas llegaba luz. En el conjunto umbrío de la mezquita, los estrechos rayos de sol que alcanzaban el suelo desde las estrechas ventanas abiertas en las cúpulas produciendo un efecto de sorpresa y magia, son como un regalo inesperado. Hoy toda la parte de la catedral que fue mezquita necesita un refuerzo de iluminación eléctrica para poder transitarse, esto hace que, como ocurría en época islámica, el efecto de la luz solar se disminuye incluso bajo las cúpulas de que hablamos.
Cuando tras la reconquista de la ciudad, la mezquita fue convertida en catedral, comenzó un proceso, al principio lento y cada vez más acelerado hasta el siglo XVIII, de levantamiento de las alturas de los techos y aperturas de lucernarios en toda su extensión. Desde el primer día de este nuevo destino como catedral, los fieles se quejaron de la oscuridad. La religión católica necesita la luz, no sólo por las razones simbólicas arriba mencionadas. Los fieles musulmanes no necesitan leer textos ni moverse dentro de la mezquita, ésta es un salón donde se reúnen para hablar y descansar y en la que cinco veces al día rezan juntos sin moverse, alineados en paralelo a la quibla y repiten al unísono siempre las mismas oraciones. Los actos cristianos se centran en la lectura de los Evangelios, textos de la Biblia y otros libros. Sacerdotes y fieles se mueven durante su celebración; más luz era imprescindible.
La primera “capilla mayor” de la nueva catedral fue la que hoy llamamos Capilla de Villaviciosa, era la mayor de las cúpulas de Alaquén, el punto más luminoso de la mezquita, éste fue el ejemplo a seguir. Tras esta se construyó por manos mudéjares la primera cúpula cristiana, la Capilla Real, tal vez el primer panteón de los reyes de Castilla. Luego vinieron las capillas góticas y luego cada época dejó su estilo en este museo de arquitecturas de la historia de Córdoba. Hay que decir al paso que todo el conjunto de lucernarios que como consecuencia de la intervención barroca iluminaron uniformemente desde lo alto la antigua mezquita, tuvieron una venturosa aunque tal vez no pretendida consecuencia: mostraron los arcos de herradura a contraluz, de modo que el maravilloso invento de la mezquita original luciera con una nitidez nueva. Podría decirse que los cabildos del barroco y sus arquitectos que querían las bóvedas blancas y los lucernarios, pagaron la pérdida de los techos planos de madera labrada que le arrebataban a la mezquita, mejorando la visión de lo principal: las arquerías de entibo. En el centro geométrico e histórico de este proceso de iluminación desde lo alto está el crucero renacentista.
Siguiendo la provechosa colaboración que ha permitido estas últimas obras, mediante un convenio establecido a tres bandas, actualmente se están redactando una serie de proyectos para acometer la restauración del conjunto más importante de la catedral: las cúpulas de Alaquén y la de la capilla Real. El Instituto del Patrimonio Histórico Andaluz estudia la restauración de la parte principal, las tres cúpulas que preceden al mihrab, el Instituto estudia la capilla Real y las cubiertas de Villaviciosa, el Cabildo proporciona la planimetría y colabora con los proyectos de arquitectura. Cuando recuperemos las luces de las cúpulas islámicas entenderemos mejor su intención, su programa ideológico: mostrar las cúpulas como milagrosamente suspendidas en el aire. En la esbelta capilla Real, joya escondida que nunca se había dibujado, descubriremos una sofisticada reinterpretación cristiana de las cúpulas califales, la realizada por artistas mudéjares que ya conocían la arquitectura gótica y perseguían el conocimiento que da la luz alta